¿Has nacido para esto?

 

No es mejor maestro el que más sabe, sino el que mejor enseña. ANÓNIMO

Aunque por el título de este capitulillo pueda parecer lo contrario, no creemos demasiado en la predestinación. Conocemos personas que accidentalmente llegaron al mundo de la formación sin que su preparación previa hiciera sospechar tal cosa y llegaron a ser excelentes profesionales. Lo que sí hay que advertir es que algunas personas reúnen algunas condiciones que les predisponen a ser buenos formadores; es lo que llamamos el perfil del formador.

Los formadores suelen pertenecer a uno de estos dos grupos: personas que tienen un conocimiento técnico de lo que sea, por ejemplo, ingeniería de seguridad, y que tienen acceso al mundo de la formación tras completar su formación con técnicas pedagógicas, por ejemplo, un buen curso de Formación de Formadores, o un CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica), y a base de práctica llegan a labrarse un lugar en este mundillo. Sabían de algo y han completado su perfil aprendiendo técnicas psicopedagógicas: saber hacer y saber enseñar.

El otro grupo es el de profesores en ejercicio, a menudo profesores universitarios que saben y saben enseñar. El problema es que su saber enseñar se refiere a una población muy diferente, la de alumnos que han de ser examinados para aprobar la asignatura que ellos imparten. Se trata de jóvenes cuya mayor motivación en la mayoría de los casos es pasar de curso sin lastres de asignaturas suspendidas. Este segundo grupo de formadores necesitan cambiar el chip y constatar que la población a la que se dirigen es radicalmente distinta de la que están acostumbrados.

Normalmente cuando buscamos esbozar un perfil profesional es frecuente fijarnos en tres aspectos:

  • Lo que hay que saber (conocimientos).
  • Lo que hay que saber hacer (habilidades).
  • Lo que hay que sentir o saber ser (actitudes).

Lo cierto es que, en la práctica, conocimientos, habilidades y actitudes están entremezcladas, y que la clasificación en tres grupos es difícil de plasmar por separado, por lo que en las páginas siguientes vamos a tratarlas en conjunto.

El formador debe:

  • Dominar la materia que quiere impartir. Aunque es cierto que todos tenemos la experiencia de que cuando hemos explicado algo a alguien no solo le hemos enseñado, sino que a veces también somos nosotros los que más hemos aprendido, la verdad es que sin una base de conocimientos sólida se pueden cometer muchos errores en la formación, y más cuando los destinatarios de esta son adultos, que no son una pizarra en blanco donde se puede escribir cualquier cosa, sino que tienen conocimientos teóricos y vivenciales de la materia que se trata de comunicarles. Los formandos, a menudo, ponen a prueba los conocimientos del formador preguntándole por datos concretos, lo que les permite calibrar si es un profesional de verdad o un aficionadillo, o peor un teórico.8
  • Tener un prestigio como profesional. De igual manera que cuando usted va al dentista mira los diplomas que este profesional exhibe en las paredes de su consulta, los formandos necesitan poder respetar profesionalmente a quien trata de formarlos, porque sin este respeto no hay aceptación. Este prestigio no se le da a nadie de entrada y hay que ir construyéndolo poco a poco.
  • Contar con buena cultura general. El formando tiene que sentir que el formador es una persona que no solo domina su campo profesional, sino que también es una persona culta.
  • Tener experiencia en el mundo laboral o empresarial. De no ser así, los formandos lo clasificarán inmediatamente como un teórico, y perderán todo interés en sus enseñanzas.
  • Conocer algunos principios de didáctica. No basta saber de su materia, es necesario saber cómo transmitirla. Como dijo Cicerón:

Saber es una cosa y saber enseñar es otra.

  • Tener conocimientos teórico-prácticos de psicología grupal y del aprendizaje y saber cómo tratar a las personas difíciles que inevitablemente se le van a presentar junto con otras encantadoras.
  • Ser un buen comunicador. Este epígrafe comprende cuatro saberes relacionados, dos como emisor y otros dos como receptor de mensajes.
  • Ser capaz de expresarse con claridad, con voz audible, de manera inteligible, expresando el concepto de varias maneras diferentes, si acaso no se entendió a la primera (emisión oral).
  • Acompañar las palabras con el refuerzo de la expresión corporal: manos, cara, desplazamientos… (emisión gestual).
  • Saber escuchar las palabras y el tono de los formandos para detectar lo que no se comprendió, o lo que causa rechazo, o simplemente para interpretar el cansancio, el aburrimiento con el fin de variar los estímulos. Y estimular el que los formandos den este feedback (recepción aural).
  • Interpretar los gestos, posturas, comportamiento gestual de los formandos, para detectar si nuestro mensaje llega, es comprendido, es aceptado y va a ser llevado a la práctica (recepción visual).
  • Tener capacidad de análisis y síntesis. Ser capaz de ir de lo general a lo particular, y viceversa, integrando los conocimientos, resumiendo los puntos importantes, relacionando los conocimientos nuevos con los ya adquiridos con anterioridad…
  • Contar con capacidad de planificación y organización. Los que carecen de esta habilidad dan saltos de acá para allá y sus enseñanzas carecen del hilo conductor que les da sentido, Además, los formadores que carecen de esta capacidad de planificación son incapaces de cuadrar la materia en el tiempo de que se dispone.
  • Ser capaz de motivar. Esto es clave para conseguir desde el primer momento toda la atención de los formandos, que se sientan verdaderamente interesados por el tema, lo que no sucede si el formador no ha sabido venderles la idea que lo que iba a verse a continuación era realmente interesante para ellos: su trabajo, su eficacia, sus posibilidades de promoción, etc. Una vez captada la atención inicial, tiene que ser capaz de mantenerla cuando la curva de atención decaiga, a base de variar los estímulos, cambiar los procedimientos y actividades, etc.
  • Tener capacidad para sintonizar con los formandos. Esta capacidad comprende varias habilidades, tales como:
    • Simpatía.
    • Empatía.
    • Comprensión.
    • Sentido del humor.
    • Aceptación y adaptación a las características del grupo en su conjunto y a cada participante individualmente.
  • Mostrar buen control emocional. El formador no puede perder los papeles, aunque tenga un enfrentamiento con alguien del grupo, o le hagan críticas a sus explicaciones o actuación. Tampoco puede recurrir al argumento de autoridad, que entre adultos no tiene ninguna validez. En suma, ha de ser una persona madura emocionalmente y nunca perder de vista que está tratando con otras personas a las que se presupone la misma madurez.
  • Contar con una suma de actitudes tales como:
    • Tolerancia y gusto por las relaciones interpersonales.
    • Carácter tranquilo y estable o, en su defecto, buen control emocional.
    • Amabilidad en el trato.
    • Ética profesional y personal.
    • Experiencia del trabajo en grupo y la creatividad.
    • Respeto a la diversidad (de sexos, de culturas, razas, edades…).
    • Flexibilidad.

Siendo todas estas cualidades importantes, hay, además, otra sin la cual nadie puede ni pensar en ser formador. Y esta es tan sencilla como que le guste hacer ese trabajo. Si bien este requisito es necesario para cualquier actividad humana, el oficio de formador la requiere en grado sumo. La formación es una bendición para quienes les gusta realizarla y un tormento para los que no, quienes, además, duran poco en el oficio.

Si usted, lector, se ve reflejado en este perfil, no dude de que va a poder ser un buen formador, o que ya lo es. Y si en algunos puntos percibe una carencia o deficiencia, ya sabe dónde tiene que aplicar sus esfuerzos para llegar a ser ese formador ideal.