Educación y análisis transaccional

Educación y análisis transaccional. 

De modo permanente, la educación –tanto la actividad como la teoría pedagógica– se ha nutrido de los aportes provenientes de la psicología y la sociología, al menos desde que éstas se han constituido como campos científicos. La educación en nuestras sociedades actuales, occidentales, busca provocar una experiencia de la mejor calidad humana, una relación humana de la mejor calidad y riqueza. No todas las experiencias cuentan con similar calidad ni proveen de la misma riqueza o sustancia nutriente de la experiencia. No es lo mismo ser humillado por un/a profesor/a y burlado por los compañeros/as que realizar una tarea satisfactoria junto con los compañeros/as y merecer la aprobación del formador. 

Existen relaciones humanas (en nuestro caso, entre formador y alumno/a) que permiten crecer, que enriquecen, que fomentan la autonomía y otras que impiden crecer, que disminuyen, que forman y mantienen personas dependientes. Habitualmente El formador actúa en una relación de tipo democrático. En la primera los puntos de contacto se han reducido al mínimo, por lo que por definición, podríamos decir resulta difícil alcanzar una experiencia rica. Experiencia es intercambio. Cuanto más puntos de contacto existan entre los sujetos más posibilidad de experiencia enriquecedora y más posibilidad de crecer. 

La educación busca que el sujeto crezca, es decir, tenga experiencias de calidad humana positivas que lo hagan más rico en su conexión con el medio social. 

Hace ya varios años, del campo de la Psicología y de la Psiquiatría proviene el Análisis Transaccional (A.T.) que se ha convertido en un aporte de fácil y conveniente inserción en el campo de la educación y en los intereses de los formadores/as, por cuanto, al estudiar las relaciones entre las personas (o transacciones) privilegia las que permiten un crecimiento humano sano y buscar eliminar aquellas que bloqueen tal crecimiento. Hay relaciones que son positivas y otras que son negativas. 

El creador del Análisis Transaccional, Eric Berne, psiquiatra y psicoanalista, radicado en San Francisco, inicia sus publicaciones sobre el tema en 1957 cuando ya propone su esquema de la personalidad (Padre, Adulto, Niño) y lo denomina Análisis Estructural. El Análisis Transaccional es no sólo una «Teoría» de la persona en relación sino una técnica de tratamiento. Se diferencia del Psicoanálisis clásico tanto en los componentes teóricos que maneja como en la actitud respecto al cambio en la conducta. A Berne le importaba más curar que detenerse en el diagnóstico. Intenta perfilar una teoría de la persona más operativa y que supere las limitaciones conocidas de los tratamientos analíticos. Al respecto dice Kértesz: «El análisis transaccional asigna la mayor importancia a la segunda serie de factores (psicosociales, aprendizaje de conductas en la infancia, mensajes parentales) pero al mismo tiempo respeta la posibilidad de libertad, responsabilidad y cambios por parte del Adulto, si éste toma la decisión de hacerlo, sin considerar al hombre como un títere de sus instintos ni mantenerlo años acostado en un diván para explorar las fantasías de su Niño. Berne acuñó la frase: «Cúrese primero, analícese después». 

Y a la gente también le importa cambiar y comprobar que puede modificar sus conductas negativas mucho más que conocer las causas sin que por ello pase nada, o gastar el tiempo buscando explicaciones. La gente quiere estar bien ahora. El análisis transaccional traduce a un esquema conceptual simple y práctico ideas (que guardan cierta similitud pero también cierta distancia) consagradas por el Psicoanálisis clásico. 

 Educación y análisis transaccional

 

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Análisis estructural. 

Berne, en el Análisis estructural -que es el primero y más difundido de los instrumentos o modos 

para entender y cambiar la conducta- sostiene que la estructura del Yo incluye tres estados (Padre, Adulto, Niño) y que uno actúa desde uno de ellos. Uno actúa con su Padre cuando su conducta es caracterizable como dominante, protectora, enseñante, normativa; con su Adulto cuando analiza, informa, calcula posibilidades y elige cursos de acción, y con el Niño cuando predominan las emociones y las necesidades biológicas. Esta tripartición no es un invento teórico, sostiene Berne, sino que es algo comprobable empíricamente, es verificable y repetible. 

Todos -y El formador no es una excepción- nos disponemos a actuar desde uno de esos estados del yo, pero esos estados tienen notas positivas y negativas, por lo que con nuestra conducta negativa o positiva, desde tales estados, estamos invitando al otro a determinado sistema de respuesta. Un Padre perseguidor está fomentando un Niño rebelde, un Padre nutritivo invitará a responder con un Niño libre y creador. 

El formador, en cada momento de su actuación, según actúe desde las diversas modalidades de su P, A, N., estimulará diferentes respuestas en sus alumnos y –lo que es más importante– obtendrá o hará surgir experiencias humanas de relación de diferentes calidad. Un/a educador/a que integra sanamente sus tres estados y transita de uno a otro en busca de los objetivos de la relación pedagógica, es decir, que con un Padre protector cubre el miedo al fracaso, la frustración o el riesgo, o el reconocimiento del alumno/a de su ignorancia, que con un Adulto sano suministra información sensata y realmente manejable, y que con un Niño no reprimido estimula la transferencia de lo aprendido a otros campos (el momento de la aplicación), resulta un/a formador ideal. 

Podemos formular, con términos equivalentes de análisis transaccional el tipo de formador 

modelo. El formador que protege la indefensión del que no sabe, lo saca de ella mediante información que permita resolver problemas efectivamente y libera las capacidades que le permiten aplicada a nuevas experiencias. Pero al mismo tiempo, como lo que se aprende es el medio («el medio es el mensaje») lo importante es que El formador al actuar así desarrolla en sus propios/as alumnos un Padre protector positivo, un Adulto sano y un Niño creador. 

 Educación y análisis transaccional

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También con este instrumento, el análisis transaccional permite categorizar gran número de conductas que tienen lugar en el aula, (por ejemplo, en seis tipos de transacciones cruzadas que abarcan hasta 72 intercambios distintos). Existen además transacciones denominadas ulteriores que tienen un nivel aparente o visible o social y un nivel oculto o psicológico. 

El mensaje parte de dos estados del yo del emisor y es respondido por otros dos estados del yo del receptor. «Mañana, examen» dice El formador; puede ser entendida como una relación Adulto-Adulto en el nivel visible, pero también puede tener una connotación no visible Padre-Niño o Niño-Padre. Sobre la base de las transacciones surgen los «juegos». 

 Educación y análisis transaccional

Los juegos. 

A todos nos resultan familiares ciertos fenómenos que son clásicos en la vida estudiantil o escolar: a ciertos formadores/as hay que tratarlos de un modo especial, con ellos hay ciertos mecanismos, especialmente situaciones o diálogos que se repiten, que empiezan generalmente de un modo determinado, siguen un curso previsible y terminan con un resultado generalmente igual. 

Los juegos son modos de no estar -más que aparentemente- en el estado de Adulto y hacen ingresar en circuitos de conducta que circulan por los estados de Niño y Padre en sus aspectos negativos generalmente, para terminar finalmente ambas partes en una emoción no auténtica, aprendida en la infancia como modo de resolver o terminar con una situación o problema (rabia o rabieta, culpa, depresión, berrinche, enojo, burla, saña). 

Por ser modos inauténticos de enfrentar un problema, los juegos se repiten en forma cerrada o circular. Una experiencia reiterativa que desemboca en una emoción no sana, no es estrictamente una experiencia de valor educativo, máxime cuando implica hacer abandono el plano de la madurez o responsabilidad del Adulto. 

Se puede ir concluyendo que El formador puede, provechosamente, con el conocimiento la aplicación de los aportes del análisis transaccional mejorar en buena medida su relación con los alumnos, permitiéndoles (y permitiéndose) un crecimiento personal positivo, al mismo tiempo que se permite a sí mismo un mejor ajuste interno. 

El formador «transaccionalmente» sano o adecuado es el que responde con el estado del yo más ajustado a las circunstancias   –que El alumno/a que solicita ayuda le responde con un Padre nutritivo, que a la demanda de información ofrece un Adulto organizado, y que moviliza su propio Niño para aumentar la creatividad de los alumnos y sus sanas emociones–.